#PromovamosLaLectura

ago 02

Corría como diva por toda la pradera, sus pasos pesados despertaban hasta a las mariposas y disgustaban mucho a los pequeños topos que apenas abrían sus ojos para tomar agua o té. Los lunes vestía de bolitas amarillas y por la tarde se calzaba de ligero y negligé. Se llamaba Gusanilla González, y aunque se creía una magnifica catarina, lo cierto es que los demás insectos, en secreto y muy discretos,  creían que era una mosca molesta y zumbante que se equivocó de realidad.

Paseaba contoneante por el césped, gritando siempre que iba pasando por ahí. Saludaba al tímido búho pensando que él creía en su belleza superior. A veces platicaba recatada con el tigre mientras la tigresa dormía ausente de su mal olor y en otras ocasiones se arrastraba hasta lo alto del pino para codearse con el gorrión.

Una mañana encontró un pequeño trozo de brillo perdido en la maleza y curiosa se acercó, confiada en su absurdo conocimiento, asomó sus feos ojos al fondo del cristal, descubrió un espejo que pronto su rostro reveló. Pobre Gusanilla fea, de un infarto de inmediato murió y así a los animales del bosque, de su molestia liberó.

FIN.

By: Kata Valast
 

 

jul 16

El que estuviera cansada de ver su sonrisa todo el día y enamorarme de su mirada triste cada que mis rabietas lo exasperaban, explican perfectamente por qué tenía que deshacerme de él. Pero para la justicia eso no era suficiente.

Juzgaron mis actos por querer complacer a un libro de papel dónde alguien imprimió algo llamado leyes. Si todos los humanos nos guiáramos por la lógica, nadie tendría crímenes cuando decidiera no sólo cortar con una relación sentimental, sino cortar con todo su cuerpo y alma terrenal.

Debieron considerar mi sinceridad al aceptar toda responsabilidad; aunque  me temo que no habría otra salida si mi cuerpo estaba bañado de sangre aún con el puñal entre mis dedos y su costado sobre mi regazo. Las lágrimas y el dolor que sentí no fueron prueba suficiente para salvarme del castigo que aquella juez amargada, con bastantes años de matrimonio, propinó sobre mi constitución.

Ahora, después de tantos años de encierro y rehabilitación me están dejando libre. Lo cierto es que el cupo en la cárcel sobrepasó y mi carácter dulce absolvió las culpas que otros generaban sobre mí. Espero, que pasado este tiempo, el amor regrese a mí, y entonces no duela tanto para que no se vuelva a terminar. Al final, las historias repetidas, tampoco son lo mío.

jun 24

Fue un asesino silencioso. Aprovechó lo sumiso de Chavela para acercarse a ella; con su piel suave pero picante, con esos pequeños pelillos que rozan los labios cuando saboreas su delicia. La envolvió con el dulce aroma que arrojaban sus jugos y embelesó el recorrido desde la garganta hasta el ombligo, pasando por el corazón perdido. 

 

Ella estaba dolida. Apenas ayer fue rasgada y ardida por un villano salpicado de rojo liquido que hizo quemar hasta sus secretos. Estaba sublime ante la presencia de su agresor, temblando y rompiendo los tendones que recubrían su rosa piel. Su grito amorfo apenas si lo escuchó su vecino y aún así sucumbió. 

 

Fue un durazno asesino el que remató a Chavela, sangró discretamente en manos de la digna Doña Gastritis. ¡Pobre Chavela y su eterno castigo de estomago herido!  

 

 

#Instantes

@KataValast

 

jun 11

Confieso que no fue la mejor solución; pero a problemas desesperados, la respuesta más cercana es la ideal.

 Anoche había llegado al límite de mis quejas y limitaciones, no encontraba solución alguna para la inputualidad que caracterizaba a mi amoníaca persona. Cada día era un nuevo descaro del reloj cuando corría más rápido para mí que para las otras personas. En algún momento pensé que mi mente actuaba mal y malgastaba los minutos de una forma aberrante; pero poco a poco me di cuenta que el problema no estaba en mi coeficiente o en la función de mis elocuencia.

 

Ayer descubrí al culpable. Era el limite entre cambio de fecha y yo no podía dormir; entonces, con los ojos cerrados y la mente despierta, oí los pequeños pasos de ese fulano, con un acelerado tic tac descubrí que se robaban mis segundos. Tardé casi una hora escuchando su ir y venir por mis almohadas y a veces enredarse entre mis cabellos. 

 Cuando abrí los ojos, lo encontré frente a mi, abrazando sinvergüenza a una de mis horas (la más deliciosa de todas). Trató de huir pero mis grandes brazos lo hicieron caer y rodar por todas las sábanas. Me bastó tomarlo de su chaleco con dos dedos para colgarlo ante mi rostro y saber que era un duende del tiempo. 

Supongo que a mitad de la noche, con sueño acumulado y rabia nacida, la única solución que encontré fue: comérmelo.

 

Lo que no entiendo, es por qué, justo esta mañana, volví  a llegar tarde. Creo que nunca recuperaré esos minutos que él se robó, o tal vez, y sólo tal vez, es porque ahora está manipulando mi cerebro desde adentro. 

 Cualquiera que sea la respuesta, soy un héroe, pero con pocos minutos.

abr 25
Digo esto porque el erotismo es, en sí mismo, deseo: un disparo hacia un más allá, como ráfagas de dolor clavadas en el alma, una muerte silenciosa que nadie puede aplacar.
Es tortura cuando quiero tatuar el juicio carnal en mi compañera de almohada. Sufro al rozar su piel congelada, como si le arrancara el espinazo y jugara mis dedos helados y aletargados entre cada hueso que forma su cuerpo.
Me miento por la mañana al ver danzar sus piernas con dirección contraria a mis suspiros, y aunque parece fácil dejar ir lo que no es tuyo, mis elocuencias cavilan en independencia y se desata mi instinto.
Digo esto por que el erotismo es, evidentemente, delirio: una impasible fantasía que nace de uno y a veces, sólo  remotamente, se comparte entre dos.
abr 11

Anoche conocí al hombre más interesante en mi vida. No era un caballero, ni tampoco lo pretendía ser, pero su porte natural lo ubicaba entre los varones más interesantes que mis ojos pudieran apreciar, mis oídos embelesar y sin duda, mi cuerpo probar.

 

Estaba sentada en un bar, sola, como cada noche de mi triste vida. Bebía una copa de Champage helada pues me encontraba celebrando mi noche de cumpleaños, merecía un trago especial y simbólico que revelara mi madurez adquirida por unos treinta años “bien vividos”. Fue cuando sorbí la última burbuja helada de mi primer copa cuando lo vi entrar; vestía de una despampanante manera discreta y su andar parecía pausado, como gritándole al mundo su llegada. Sus labios carnosos tarareaban inmediatamente la canción que al fondo sonaba y fue así que lo vi por primera vez decir “Te amo”.

 

Tal vez se creía inmortal, y yo le daba la razón; pues a cada paso dejaba muerta a cada ramera que levantaba su copa en suplica de un poco de su atención. Si la mía no hubiera estado vacía, habría arriesgado mi anonimato para dedicarle una de mis frías sonrisas, pero en vez de eso di la media vuelta y solicité un Peach Mojito para continuar con mi celebración.

 

Lo vi sentado en la esquina opuesta de la barra, la misma dónde estaba yo. Siendo elocuente con la mala suerte que tengo en el amor, borre su presencia de mi mente y lo resguardé como uno más de mis amores platónicos (tal vez, regresando a casa, escriba una historia en la que lo involucre y lo nombre como una conquista). A cada trago mío comencé a percibir su cercanía, y entre coro y estribillo sonórico amenizante, descubría el sonido de su voz acercándose a mis tímpanos; tal vez la edad conllevaba a una decadencia más pronta en la embriaguez. Comenzaba a alucinar.

 

Casi a media noche, él y yo separados a dos sillas, con un lugar lleno de bohemios, cantábamos un nefasto pop que retumbó y contagió a los corazones adoloridos. Bebía mi tercer trago, cuando el barman me pasó un papelillo doblado con brusca delicadeza; “Feliz cumpleaños, dama negra” citaba la hoja arrancada de un anuncio de librería. No sé qué me pareció más atractivo, el mensaje incógnito que incluía o el nuevo libro que anunciaba en el reverso. De cualquier forma debía de ser de uno de aquellos lectores que vanagloriaban semana a semana mi columna en una revista muy famosa en la que trabajaba y que reconoció mi popular manera de ver todo de color negro; no merecía más que una sonrisa.

 

Al poco tiempo llegaron los acompañantes que no tan ansiosa esperaba. He descubierto al paso de los años que en un cumpleaños te acompaña quien no quieres y a quien amas no le importa tanto una fecha significante, por eso los dejé de amar. Mi cerebro estaba más que desconectado de los bellos deseos y regalos discretos que me trajeron, entonces lo vi. Su olor era aún más desconcertante, sus manos parecían de un inquieto músico que nunca deja de tocar y sus ojos fijos en su copa lo hacían disimular perfectamente que quería estar más cerca de lo que parecía.

En pocos minutos nuestras miradas no dejaban de chocar, mientras yo fingía felicidad ante unas mañanitas descompuestas y nerviosismo por descubrir en su bolsillo el resto del flyer de aquella librería, él sonreía y cantaba disimuladamente apurando cada vez más su trago y pidiendo uno más.

 

Aquella noche me atreví a conocerle. O tal vez fue un día, como él insistía en llamar a la madrugada. Nuestras ideas eran tan contrarias.

Después de una hora más entre amenos amigos, su mano robó mi presencia sin decir una sola palabra y salimos juntos, silenciosos y felices de aquel lugar. Debo aceptar que mi estado etílico me llevó a aceptar sus locuras y cruzar diez avenidas sin decir siquiera un hola.

Llegamos hasta un edificio viejo de la ciudad. Aunque dude por tres segundo seguirle los pasos, la fuerza de su mano me daba la seguridad que necesitaba. Entramos y escuchamos un poco más de música, una mezcla entre David Bowie y Héroes del silencio que apenas si puedo recordar. Dijo unas cuantas palabras, creo que nunca mencionó su nombre, pero en respuesta a mi apodo dama, lo comencé a llamar caballero. Tenía citas de mis artículos por toda su casa, en libros, cuadernos, posters, otras revistas y trocitos de cualquier hoja que sirviera para apuntar. Reconozco que me dio miedo saberlo obsesionado por las ideas de otro individuo, aunque confesó que antes de esta noche yo no le parecía siquiera atractiva, además de que no era la única, sino Kafka, Baudelaire, Dostoyevski, Poe y muchos más estaban entre sus colecciones literarias. Lo consideré, después de todo, un honor.

 

La noche pasó como nunca, perfecta, como él y su sonrisa, sus ademanes y su voz. Resultó ser un músico y amante excepcional. Los besos llegaron después de que me leyera casi al oído “No es que muera de amor”, mi poema favorito y tres o cuatro heineken. Parecía una eternidad las horas que compartimos, ni el sol se atrevía a arruinar el momento idílico que ambos creamos sin temor al futuro, hasta que el cansancio lo venció.

 

No sé que pasó con él después de esa noche. Mi paranoia sentimental me hizo salir sigilosamente al mismo ritmo que el sol. Avanzamos por la calle, el astro iluminando a los transeúntes trabajadores y yo escondiéndome en los restos de obscuridad que aún trataban de subsistir. Entre mis brazos llevaba la mayoría de los apuntes que el coleccionista había recaudado de mí, tal vez por la meticulosidad de ocultar mi identidad y pasar desapercibida, o por el temor de que se volviera a repetir.

Cual fuera la causa llevaba mi nuevo cuento entre los dedos, un maníaco sexual que enamora como caballero por las noches y despertando mata a su víctima, pero esta vez el final sería diferente, pues esa bella dama resultaría una ladrona de almas, que antes de que su predador la atrapara, ella terminaría con la vida de quién siempre la amaría.

 

Anoche conocí al hombre más interesante de mi vida, y fue anoche que lo único que pude hacer con él, fue escribir.

 

 

abr 07

Sinfonías sonaban estridentes en el mundo etéreo. Las calles se llenaban de marchitas melodías que interpretaba un indecente y triste humanoide al paso de su antiguo camino de la felicidad.

Y los oyentes prestaban atención a la desentonada melodía, se sentían mimetizados con el dolor de quien compartía el compás de una guitarra paralela a la realidad.

Entonces avanzó hablando poco a poco, cada vez más quedo y sin afán de aburrir. Fue llenando los huecos de los que se creían únicos y solitarios, para hacerles entender que el mundo está lleno de otros iguales a ellos.

“La felicidad consiste en saber que no perteneces y no a quién perteneces” repetía el infame hombre de chaquetón negro y tenis del mismo color. Empero oídos prestos y cabezas asertivas alababan el valor del único que sabía su lugar.

Don señor hizo que el mundo se detuviera por cinco minutos, lo que duró su llegada, el mensaje y el adiós. Como cada individuo y su memoria feliz, todo se esfuma y se olvida, como aquella tarde de lluvia en la que ese moribundo pasó.

 

 

#KataValast

 

mar 19
No te toco porque te miro, te respiro y poco a poco te camino. Recorro inauditamente desde las puntas de tus dedos, hasta lo crispo de tu pelo, ese que es negro, tanto como el pasillo que encontramos cuando nos amábamos en los buenos tiempos.
No te beso porque te suspiro, y lentamente te aliento para hacerte infinito y sumiso y perdido. Y te engendro cada que te recuerdo, como si fueras la letra roja que señala el error de mis textos; como esa marca que otros notan y yo, sin embargo, penosamente justifico.
No te veo porque mueres lentamente en mi ceguera; la que llegó a mis ojos después de conocer tus manos sobre el ajeno, sobre el pecado que mi abuela llamó para que confundiera el romance con una nueva oportunidad de redactar papeletas.
No te canto porque te quedaste sin sonido, y sin embargo te leo, te descifro, te compongo una nueva melodía cada que recuerdo que fuiste mío. Y entonces, entre cantos de hadas y sirenas, descubro que no te canto porque no fuiste letra.
No te amo porque te anhelo, te extraño y te entierro. Borro paso a paso, vela a vela cada una de tus huellas, porque eres carta vieja, una marca que el agua borra como tinta al vino derramado sobre arena. No te amo porque no eres mío, ni lo fuiste ni lo serías.
mar 13

neko

ene 27

Me acabo de llenar de melancolía. Trato de sostener las lágrimas que pensé había derramado en su totalidad, y todo por ese recuerdo reciente que me niego a dejar en un pasado que será constante.

Me acabo de llenar de melancolía porque fue por ti que aprendí lo que es extrañar y no dejar ir. Estoy tortuosa por no suspirar tu partida inesperada. Quiero negar que mis manos están vacías y nunca más tus caricias las llenarán; se encuentran perdidas porque no tienen a su guía terrenal, sólo un halo espiritual las llena, pero no roza con su calma y paz.

Estoy plagada de sentimientos, y controlo locamente los gritos secos que torturan a una triste despedida. Me acabo de llenar de melancolía porque desesperadamente te busqué una tarde de invierno y no estabas. Mi mente resalta cada instante el adiós que en una noche de risas te di con la vaga esperanza de volverte a ver. Hoy es una falacia en medio de una tumba fría y floreciente.

Me acabo de llenar de melancolía porque dormiste. No me gusta despertarte de tus sueños para salir de mis pesadillas, pero hoy me encuentro escarbando en la almohada que dejaste vacía y fría para sostenerme en la esperanza de que bajarás de las nubes para conmigo siempre estar.

Me acabo de llenar de melancolía; llena hasta los sentimientos, apunto de explotar. Estoy en el preciso momento de saturar mis ojos de lágrimas, mis manos de desesperanza, mi mente de dolor y mi alma de martirio; y entonces, cuando todo llegue a su límite, será el momento en el que me comience a llenar de resignación y olvido.

In memoria P.P.P. (halmeoni)

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